Concepción Monrás Casas
(Barcelona, 1898 - Huesca, 1936)
María de la Concepción Monrás y Casas nació en Barcelona el 3 de noviembre de 1898 a las seis de la mañana, de acuerdo con la anotación manuscrita de su madre, María Casas, en una libreta personal. El padre de Concepción, de Concha o Conchita, como era conocida familiarmente, Joaquín Monrás Casanovas, también catalán nacido en Sant Sadurní d’Anoia, era catedrático de Literatura y siendo su hija muy pequeña fue trasladado a Huesca, donde dio clases en el Instituto y ejerció también como profesor de Caligrafía en la Escuela Normal.
Pocos datos biográficos conocemos de la infancia de Conchita, salvo que su madre falleció pronto y que tuvo dos hermanos, María Pilar, la mayor, que estudio Farmacia en Barcelona donde se instaló y vivió toda su vida, y Joaquín, el menor de los tres, negociante y exportador de vinos que casaría en Huesca con Amparo Sender, hermana del escritor Ramón José y de Manuel, alcalde republicano de la ciudad. Un segundo matrimonio de Joaquín Monrás Casanovas agregaría otros hijos a la familia.
Conchita estudió en el Colegio de Santa Rosa de Huesca y fue alumna del maestro Eusebio Coronas con quien cursó varios años de piano. El teatro, el tenis y el aprendizaje de esperanto fueron algunas de sus aficiones juveniles, poco frecuentes entre las muchachas de esta época en la provinciana ciudad.
El matrimonio de Concha Monrás con Ramón Acín, diez años mayor que ella, tuvo lugar el 6 de enero de 1923. Ambos se conocían, al menos, desde 1918, ya que en diciembre de este año está fechada una felicitación que envía Ramón al domicilio de Conchita en la Plaza de Santo Domingo número 8. Entre ambas fechas menudean las cartas, tarjetas postales, notas breves, dibujos anotados... remitidos desde la vivienda de Ramón en la calle de las Cortes, o cualesquiera de sus múltiples destinos y la de su «amiga Conchita», «mi buena Conchita», «gitanilla», «zagalica», «chiteta»... Esta correspondencia íntima está impregnada de ternura, guiños amorosos y manifestaciones de un cariño intenso que no desaparecería a lo largo de los años de una relación que la Guerra Civil se encargaría de destruir. Cualquier hora del día o de la noche era buen momento para que los jóvenes amantes pergeñaran una nota y la hicieran llegar a su enamorado. La boda se celebró en el domicilio de los Monrás, ya que Ramón había perdido días antes a su madre y se imponía el luto por tal circunstancia. Actuaron como padrinos Rosa Solano y Joaquín Monrás Casanovas y firmaron como testigos ante el párroco de Santo Domingo que presidió la ceremonia, Serafín Pardo, Joaquín Lafarga, Manuel Bescós y Antonino del Caso.
El 15 de octubre de 1923 nació Katia, quien se llamaba en realidad Ana María Teresa de Jesús Katia y Titania Acín Monrás, y el 23 de julio de 1925 vino al mundo Sol, segunda y última hija de un matrimonio a todas luces ejemplar en cuanto al trato y la relación, pero quizá demasiado moderno ante los timoratos ojos de la sociedad local. La militancia anarquista del joven profesor de Magisterio, escritor y artista polifacético, Ramón Acín, y las aficiones familiares por las salidas al campo, los baños en el río, las excursiones y el deporte despertaban los comentarios de las comadres locales y las suspicacias de la refractaria buena sociedad oscense. Con todo, la felicidad presidía las relaciones de la familia Acín-Monrás, y así lo atestiguaron Katia y Sol en repetidas entrevistas y escritos personales. Igualmente, cuantos conocieron al matrimonio dan fe de una unión paradigmática en la que el buen carácter y la inteligencia de Conchita fueron mimbres esenciales para sobrellevar aceradas polémicas públicas, cárcel, exilios, viajes y dispendios hijos de la prodigalidad solidaria de Ramón. Conchita fue no sólo una esposa, también musa y hontanar de inspiración artística. Fermín Galán lo expresó con emotividad y precisión: «Me maravilla cada vez que voy a casa de Acín. Son ideales él, su mujer y sus niñas ¡Su casa entera! ¡Acín ha encontrado la compañera! ¡Ha tenido suerte!».
No menos elocuente y en tonos igualmente admirativos se expresa Mariano Añoto Pola, quien compartió con Katia y Sol el cariño de unos padres que él perdió siendo muy niño, dejó escrito: «Conchita era espigada, delgada, de cuerpo armónico y atractivo, joven de rostro agradable y sonrisa feliz. Imperiosa cuando pedía u ordenaba, a veces sus ojos centelleaban ante situaciones graves. Plenamente enamorada de su marido, compartía en una estrecha unión con una entrega total, todos los problemas de éste. (...) Conchita fue la heroína verdadera. Una mujer que defendió a su esposo con todas las consecuencias». Mariano Añoto también anotó en un breve cuaderno de apuntes personales otros recuerdos de su infancia en la calle de las Cortes: «Conchita era una excelente compañera además de esposa y madre. A la inversa que Ramón, procuraba estar totalmente a ras de tierra. Enjuiciaba, pesaba, medía con claridad todo problema sentimental, político o económico. Gracias a ella el equilibrio material se mantenía en el hogar».
La Guerra Civil vino a poner un trágico final a la armonía de una familia presidida por el amor, la libertad y la generosidad mutua. El 18 de julio de 1936 se acabaron los veraneos en la localidad altoaragonesa de Saqués o en la gran casa familiar de La Pobla de Montornés (Tarragona), se apagaron los ecos de una muchedumbre que aclamaba a Ramón Acín, todavía en el exilio, bajo el balcón en el que saludaba Conchita el júbilo popular por la proclamación de la República, cesaron para siempre los sonidos del piano que Concha tocaba con delicadeza, se clausuraba la esperanza y se escarnecía la justicia. Ramón, escondido en su casa junto al zapatero Juan Arnalda, quien lograría escapar, fue detenido el 6 de agosto de 1936. En realidad se entregó para que los policías y falangistas que lo fueron a prender dejaran de maltratar a Conchita. Ella, por el crimen de ser su esposa, tampoco se libró de las garras de la represión desatada por las tropas de Franco. Ramón fue fusilado el mismo día y Concha, Conchita, el día 23.
Max Aub escribía en La gallina ciega: «No cuenta la multitud donde los vecinos –esos terribles vecinos españoles– denunciaron a troche y moche (¡Ay, Ramón Acín, fusilado y fusilada su mujer por culpa de sus buenos vecinos de Huesca).
Katia y Sol quedaron huérfanas y desoladas, condenadas a la ausencia de unos padres que tanto las habían amado. Nada pudo, sin embargo, arrebatarles la preciosa herencia de la dignidad, el ejemplo de la coherencia y la ética.